miércoles, septiembre 30, 2009

Número y Fin

Número y fin
Por Diego Alfaro Palma



 


Reseña a Obra Completa de Gustavo Osorio, Beuvedrais Editores, 2009.
Edición a cargo de Javier Abarca y Juan Manuel Silva.

De un tiempo a esta parte las casas editoriales nos han estado acostumbrando a las apariciones. Sorpresivamente a un lado y otro de los estantes, las bibliotecas y librerías del país se han poblado de fantasmas. Winnét de Rokha, Alfonso Echeverría, Braulio Arenas y Gustavo Ossorio son el “vivo espejo presente” de lo que ocurre en la gran casona de la literatura chilena. Debería alegrarnos el hecho de que estos espectros serán bien recibidos, mucho mejor que un puñado de vivos, para los cuales el olvido ya está a la vuelta de la esquina. “La permanencia de lo ausente”, como diría el estimado Ossorio, ocupa su espacio y toma cuerpo y, especialmente, el peso específico que debiera poseer toda merecida resurrección.
El noble Horacio, sobreviviente de las vicisitudes del joven príncipe Hamlet, a la aparición del fantasma del padre de éste, consternado se atrevió a confesar: “No sé qué pensar, pero creo que esto presagia algún extraño trastorno en nuestra nación”. El trabajo de Javier Abarca, Juan Manuel Silva y la editorial Beuvedráis, hacen bien en preparar ese “trastorno”. Es posible que al mismo Borges la idea de una regresión editorial le quedara grande. No se trata ya de hacer la tarea generacional de publicar a los clásicos de ayer y hoy, sino, en nuestra situación, de posicionar obras –-para nada despreciables- en nuestro panorama literario, tan sofocado –-posiblemente- por el calentamiento global y el bicentenario de la élite.
El mayor miedo que nos puede producir la obra de Ossorio, es el que esta caiga torpemente en la mitificación de una vida. Se sabe, no sólo por los poetas jóvenes, de este tipo de delitos. Lo cierto es que, entrando en materia, la extrañeza que genera su obra no puede ser mediada. Si bien es cierto, Ossorio sólo publicó dos libros en vida, éstos no pudieron ser ni más ni menos que prologados por dos figuras que se yerguen con cierto parentesco: Humberto Díaz-Casanueva y Rosamel del Valle. En sí podríamos tomar la obra de ambos para categorizar a nuestro poeta, también a los demás “metaforones del ‘38”, como los llamó Lihn, aquella generación tremenda, que también cuenta con otros inolvidables fantasmas: Jaime Rayo y Omar Cáceres. Y sería un grave error no leer a este autor sin la óptica y el rugido de Pablo de Rokha.
“Sus ojos que no veían las cosas absolutamente claras y que trataban de hallar una imagen de la existencia menos teñida de fatalidad y de tiniebla”, escribe Díaz-Casanueva el mes de marzo de 1949 que se llevó al poeta, producto de una tuberculosis. “El desorden conmovedor” de la obra de Ossorio parece estar calculado en esas palabras, nada azarosas. Me atrevería a decir que su poesía deambula como un fantasma, pues gran parte de Presencia y Memoria (1941) y El sentido sombrío (1948) se vale de un verso que muestra constantemente acciones en proceso de concretarse y, por otra parte, de evanecerse. Desde aquí podríamos hablar de una poética de lo inconcluso, en donde la realidad de las cosas esplende más por su “poder ser”: “La despedida del que nunca partió/ Y nuevamente la sombra/ Sufriendo la ausencia de su litoral”. Una poesía “entre una gota y otra gota”, “ante el aire inconcluso”, con un hablante que se deshace por los elementos que lo rodean y que parecieran poseer mayor materialidad que él mismo: “No sé qué se puede desear/ cuando a través de las paredes nace una soledad”.
El lector, más allá de esta breve reseña encontrará en esta Obra completa ya un testamento que adelanta una muerte dolorosa, ya una poesía que pareciera haber sido escrita por un niño. La pureza de Ossorio, su constante asombro por la realidad es, sin duda, una fortaleza de la que aún queda por hablar y situar en su justo puesto. Se agradece a los editores la investigación y el material inédito (poemas y acuarelas) reunido para recomponer cada uno de los acápites de un hombre y su obra, esta “música de horizontes que parten”.
“El creador capaz de expresar la batalla del ser”, es más de lo que muchos pueden proponer hoy.

Revista Grifo n°16, Septiembre 2009.


1 comentario:

Ismael Araya Díaz dijo...

chúngale, promete el hombre.